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7 de Enero de 2015

¿Y ahora qué? La eterna pregunta que quita el sueño a la mayoría de los recién titulados cobra si cabe una mayor importancia en un contexto de coyuntura económica, como en el que nos encontramos en estos momentos, y más aún si se pretende abrir un despacho o asesoría propia

Diego Recio Velazquez
Responsables del Aula Aranzadi de la Universidad de Oviedo


¿Y ahora qué? La eterna pregunta que quita el sueño a la mayoría de los recién titulados cobra si cabe una mayor importancia en un contexto de coyuntura económica, como en el que nos encontramos en estos momentos, y más aún si se pretende abrir un despacho o asesoría propia.

Son conocidas por todos las dificultades frente a las que podemos encontrarnos: la incertidumbre inherente al desarrollo del negocio,  hacer frente a los gastos corrientes y la alta competencia; pero además otros factores como la disminución de la litigiosidad que ha comportado el establecimiento de las tasas judiciales, unida al aumento de la posibilidad de impago de los clientes, pueden hacer desistir de la idea inicial de comenzar la actividad.

Una opción a tener en cuenta a la hora de iniciar nuestra actividad es la que nos ofrece el teletrabajo, regulado en el artículo 13 del Estatuto de los Trabajadores e introducido por la reforma operada por la Ley 3/2012 de Medidas Urgentes para la Reforma del Mercado Laboral. Si bien en su origen fue concebida como una evolución del trabajo a domicilio, que permite conciliar la vida laboral y profesional, hoy en día puede configurarse además como un modo de organizar el trabajo y una herramienta con la que conseguir aumentar la productividad y ser más competitivos.

Entre sus beneficios a destacar: posibilitar la conciliación de la vida profesional con la familiar y personal, disminución en el número de desplazamientos (con la consiguiente rebaja de emisiones contaminantes, tiempo y dinero) y la reducción de costes generales y sociales[1]. Todo ello comportará un aumento de la calidad de vida del teletrabajador, repercutiendo consecuentemente en la calidad del trabajo desarrollado.

No obstante, habrá que atender también a los riesgos psicosociales que se puedan derivar de esta forma de trabajo, entre ellos: el aislamiento, el síndrome del pijama y el tecno-estrés derivado de una dependencia excesiva de la tecnología.

En definitiva, el teletrabajo se presenta como una salida asequible al recién titulado, posibilitándole la inserción a un mercado laboral convulso, con un entramado empresarial liderado por PYMES que hace insostenible el modelo de integración del departamento jurídico, pero que convierte la externalización de servicios en un fenómeno en alza.

[1] Miguel Ángel Davara Rodríguez. (2008). La sociedad de la información y la normativa sobre telecomunicaciones. En Manual de Derecho Informático (513-518). Navarra: Aranzadi

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Fuente: Legal Today