Aún no es el momento. El entrenador de la Roma, Fabio Capello, hace claros gestos a los aficionados para que abandonen el terreno de juego y permitan que se disputen los últimos minutos. Pero los hinchas no atienden a razones. Llevan esperando muchos años, desde 1983, y han interpretado un gesto extraño del árbitro como el final del partido. Tanto es así, que la estrella del equipo, Francesco Totti, nacido y crecido en Roma, ha regalado ya en mitad de la euforia sus pantalones a un aficionado y ahora, desconcertado e inquieto, anda caminando en ropa interior de un lado al otro del campo: con los años, esta imagen se terminaría convirtiendo en todo un símbolo de la pasión que siente la ciudad por el fútbol. Pero para eso se debían jugar aún cinco minutos. La policía consigue finalmente desalojar a los últimos invasores y los instantes finales de aquella liga italiana 2000-2001 transcurren eternos para los aficionados romanistas, pero imparables. Cuando el colegiado por fin pita el final del partido el marcador refleja un 3-1 a favor de la Roma, que se alza con el tercer Scudetto de su historia. Por supuesto, a ese pitido final lo sigue otra invasión de campo.

Al mismo tiempo, a más de 9.000 kilómetros, en la ciudad texana de Houston, en Estados Unidos, comienza a familiarizarse con los negocios de la familia Dan Friedkin (California, Estados Unidos, 1965), quien hoy, casi 20 años después, está a punto de convertirse en el nuevo dueño de la Roma a cambio de 790 millones de euros. Casado y padre de cuatro hijos, graduado en Economía y Finanzas por la Universidad de Georgetown y con un máster en la exclusiva universidad texana de Rice, una duda cruza su mente a comienzos de los 2000: ¿qué ocurriría si se mezclaran sus negocios y el deporte? ¿Qué efecto tendría en la imagen de sus marcas el verse asociadas a los momentos de euforia irracional que experimentan los aficionados? Todavía no lo sabe, pero en ese instante, Francesco Totti, paseándose sin pantalones ante toda Italia, está dándole algo parecido a una respuesta.

Hijo del magnate de la automoción y piloto de carreras Thomas Friedkin y nieto de Kenny Friedkin, instructor de vuelo durante la Segunda Guerra Mundial, si algo aprendió desde muy joven el empresario estadounidense es que la ambición solo tiene los límites que cada uno quiera ponerle y que no hay por qué elegir entre ocio y negocio. Lo vio, sobre todo, a través de su padre, Thomas, a quien su afición a las carreras le granjeó una amistad que cambiaría para siempre su destino y el de su familia: Carrol Shelby, hombre fuerte de Toyota. Gracias a él conoció a los dueños de la marca japonesa y pudo convencerlos de que su conocimiento de la zona le convertía en el hombre ideal para dominar el mercado en el golfo de México. Así fundó la que aún es la joya de la corona de los Friedkin: la Gulf States Toyota Distributors, que tiene la exclusiva para importar la marca en los estados de Texas, donde tienen su sede, Arkansas, Mississippi, Louisiana y Oklahoma. La operación fue todo un éxito y el origen de la multimillonaria fortuna familiar: en 2018, la empresa tuvo ventas por valor de más de 8.000 millones de euros, según Forbes.

Cuando se trata de correr, sin embargo, a Dan Friedkin le tira más el aire que la carretera, al igual que a su abuelo. Su afición por los aviones antiguos le han convertido en uno de los únicos 10 civiles en el mundo autorizados para volar en formación junto con las Fuerzas Aéreas estadounidenses en sus exhibiciones. Quien esté esperando en Roma a un empresario apoltronado y complaciente deberá recordar a Friedkin a los mandos de algunas de las máquinas más complejas del mundo.

Pero sus aficiones no acaban aquí, y, como sucede con su abuelo y con su padre, explican mucho de su obrar empresarial. El estadounidense es un cinéfilo empedernido. Tanto, que ha participado como productor en películas de éxito como Todo el dinero del mundo, que narra el secuestro en Roma de Jean Paul Getty III, nieto de Jean Paul Getty. Entre cafés en la zona del Trastévere con su amigo Ridley Scott, director de la película, Friedkin no solo se enamoró de la capital italiana, sino que recuperó una idea a la que llevaba dando vueltas casi 20 años: negocios y deporte.

Por supuesto, dos décadas son mucho tiempo para los vertiginosos Friedkin: ya había tanteado el terreno. Primero, se encargó de mediar para que Toyota diera en 2003 nombre a la cancha donde juegan sus partidos como local los Houston Rockets, el equipo de la ciudad donde creció. Pero el movimiento definitivo llegó en 2017, cuando entró en la puja por la compra del equipo. La franquicia fue a parar, sin embargo, al multimillonario Tilman Fertitta por 1.900 millones de euros, y a Friedkin se le quedó una espina clavada.

Por eso, cuando James Pallotta, el estadounidense dueño de la Roma desde 2012, le contactó a través de JP Morgan y Goldman & Sachs para saber si estaría dispuesto a entrar en la ampliación de capital que requería el club, el empresario vio toda una ocasión. El Friedkin Group, el conglomerado empresarial de la familia, maneja, entre otras empresas, además de la Gulf States Toyota, a Auberge Resorts, un conjunto de hoteles y campos de golf de lujo que el empresario aspira a ampliar por Europa. El magnate, con una fortuna estimada por Forbes en casi 4.000 millones de euros, hizo además sus cuentas: los 790 millones de euros en los que, según medios locales, se movió la operación, y que incluyen la deuda de 272, son una cantidad mucho más asequible que los más de 1.500 que estuvo dispuesto a pagar en su día por sus Rockets. Había trato.

Por ahora, con el equipo ocupando el cuarto puesto de la tabla, a siete puntos de la cabeza, Friedkin lanzó el pasado martes, en declaraciones recogidas por Il Messaggero, una promesa de altos vuelos: “En el menor tiempo posible regalaremos a los aficionados el cuarto Scudetto que llevan esperando desde 2001. Y no solo quiero vencer en Italia. Nunca hemos ganado la Champions. Es el momento de hacerlo e inscribir nuestro nombre en Europa”. Friedkin ya se siente emperador de Roma.

La Roma, disparada en Bolsa

Subida. El pasado lunes, tras conocerse la noticia de que James Pallotta, propietario de la Roma desde 2012, y Dan Friedkin, magnate texano de la automoción, estaban en negociaciones para la adquisición del club por parte del segundo, el equipo de la capital italiana se disparó en la Bolsa de Milán con una subida del valor de las acciones de un 3,5% que en los primeros compases de la sesión llegaron a ser incluso de un 8,8%.

Fuente: Cinco Días