España está aislada. Afirmar esto en pleno siglo XXI parece más propio de una novela catastrofista que de una realidad pero, desafortunadamente, no es así. Cualquiera se echaría las manos a la cabeza si dijéramos que nuestro mercado está aislado, nuestra moneda bloqueada o que nuestras redes de comunicación y transporte están limitadas. Nos parece imposible, ¿verdad? Sin embargo, cuando nos referimos a la energía ya estamos acostumbrados a escuchar palabras como limitación o aislamiento.

Porque la energía en España sí está aislada y se debe al escaso nivel de intercambio comercial con el continente europeo. Una situación que, además, repercute directamente en nuestro bolsillo porque nos impide, por un lado, formar parte de un mercado único europeo y, por otro lado, aumentar el grado de penetración de las renovables por su alto coste.

El propio ministro de Energía, Álvaro Nadal, ha cifrado en 1.200 millones de euros al año el sobrecoste de la falta de interconexiones energéticas en España. Y es que nuestro país cuenta con una capacidad comercial de intercambio por debajo del 5%, frente al 10% establecido por el Consejo Europeo. Nos hemos acostumbrado a depender energéticamente de Europa y, es más, sabemos que nuestro nivel de dependencia supera con creces la media europea (75,3% frente a 53,4%), pero continuamos igual.

Como si estuviéramos leyendo una novela sobre una nación paralela a la que auguramos un final complicado. El problema es que no se trata de ficción: España es ese país y efectivamente tenemos muy complicado alcanzar los objetivos marcados por la UE si no hacemos algo al respecto.

Los objetivos energéticos establecidos por la UE son claros: alcanzar un nivel de intercambio del 10% en 2020 y del 15% en 2030, así como conseguir una generación eléctrica procedente de renovables del 27% para 2030 y al menos un 27% de mejora de la eficiencia energética para ese mismo año.

Son medidas encaminadas a conseguir un sistema que garantice una energía asequible, un suministro seguro, una menor dependencia y nuevas oportunidades de crecimiento y empleo. Pero España todavía está lejos de alcanzar estas metas.

El camino para conseguirlo es, sin duda, difícil, pero no imposible. Lo importante es ser conscientes del problema y marcar una hoja de ruta que nos ayude a solucionarlo. Con este fin, ya hay previstas tres nuevas interconexiones para los próximos años en nuestro país.

Una de ellas, la del golfo de Vizcaya con Francia, que está prevista para octubre de este año y logrará un intercambio de 4.800 megavatios, o lo que es lo mismo, aumentará la cuota hasta el 4,5%. Y otras dos más, en el Pirineo aragonés y en el navarro, pero que aún no tienen fecha.

Estas nuevas líneas nos conectarán, energéticamente, con el resto de Europa y nos alejarán de ese aislamiento al que nos vemos abocados hoy en día. Porque las interconexiones funcionan. Solo debemos ver los resultados obtenidos tras el primer año de funcionamiento de la interconexión energética entre Francia y España (Inelfe), que ha conseguido doblar el nivel de intercambio entre ambos países (del 1,4% al 2,8%).

Esta interconexión, que tuvo un coste de 700 millones de euros, fue la primera conexión energética con Francia tras más de 30 años y no ha supuesto para el país más de lo que nos cuesta soportar al año la incapacidad de intercambio española.

Es más, los costes derivados de esa falta de interconexiones podrían usarse, de otro modo, para financiar la construcción de las próximas interconexiones previstas. Una prueba de que actualmente España está perdiendo un dinero que no se puede permitir.

Juan Miguel Pérez de Andrés es director general de Energy Management de Siemens España

Fuente: Cinco Días