Hace unos días, Joan Font dio por terminado el enfrentamiento con su hermano Josep, adquiriendo su mitad del grupo de distribución Bon Preu, después de más de un año de pugna judicial.

Ser copropietario al 50 % nunca es fácil. A pesar de que este reparto en una empresa familiar aparente ser el más justo entre dos hermanos, la realidad es que puede llegar a ser causa de disolución legal de la misma, puesto que puede paralizar el funcionamiento eficiente de los órganos sociales y, por extensión, de la organización. ¿Cómo alcanzar acuerdos con dos opiniones opuestas y el poder repartido a partes iguales? El conflicto está servido…

No ver las cosas de la misma manera puede ser especialmente convulso cuando ambos familiares están en la primera línea de la operación de la compañía: con personalidades distintas, diferentes velocidades en la toma de decisiones, aversión al riesgo disparejo, etc., tendrán sobradas ocasiones para no estar de acuerdo.

Si no se presta atención, esto puede afectar al día a día de la empresa, bloqueando temas importantes, imprimiendo tensión en la organización y afectando ineludiblemente a su productividad.

Sin embargo, si al menos se comparte la visión de hacia dónde se quiere llevar a la empresa, se pueden ir abordando las diferencias y alcanzar soluciones prácticas para seguir avanzando.

Distinto es cuando uno de ellos está en la gestión y el otro es un accionista pasivo, que puede estar en los órganos de gobierno o no. La operación puede desarrollarse sin problema si la capacidad del que gestiona no se ve cuestionada, pero el enfrentamiento se puede dar a otro nivel. Este es el caso de los hermanos Font: confianza en la gestión, pero desencuentro en la estrategia, en la retribución del gestor y en la política de dividendos. Quizás el día a día no se vea tan alterado como en la situación anterior; sin embargo, los desacuerdos se manifiestan a un nivel de decisión que puede comprometer los cimientos de la empresa familiar.

Cuando la situación se mantiene en el tiempo. el desgaste de estar permanentemente en conflicto es enorme. Cualquier asunto que requiera tomar una decisión se pone en tela de juicio, porque la tensión acumulada impide sentir que se pueda estar de acuerdo con el otro.

Si, además, se llega al caso extremo de que la propiedad no tenga una visión compartida acerca del proyecto, la esperanza de seguir juntos cae en picado.

Pocas serán las soluciones que no pasen por la venta de la empresa, por una o por ambas partes.

Este ha sido el desenlace de los propietarios de Bon Preu: Joan le ha comprado su parte a Josep, después de mantener intensas discusiones acerca del importe de la operación.

Poner precio a las acciones no es fácil, si no se ha pactado de antemano y al detalle el sistema de valoración. Es muy legítimo que, cuando uno quiere vender su parte, desee obtener el valor más elevado posible. De la misma manera, es muy lógico que la parte compradora intente adquirir esas acciones al precio más bajo, máxime cuando va a quedarse con el riesgo empresarial.

Una buena manera de evitar las tensiones a la hora acometer una operación de compraventa entre socios, es pactar el sistema de valoración de antemano, cuando todavía nadie sabe quién puede querer comprar o vender en el futuro. Se goza así de una objetividad que permite ponerse de acuerdo rápidamente y que evita grandes enfrentamientos, llegado el momento de abordar esa operación.

Como siempre, cuando hablamos de familias empresarias que quieren preservar la armonía familiar y la eficiencia empresarial, solo la previsión, el respeto por el otro y la voluntad genuina de llegar a acuerdos pueden propiciar que las diferencias que inevitablemente se producirán, se resuelvan de la mejor forma posible.

Yolanda Mora, asociada senior de Empresa Familiar en Vaciero

Fuente: Cinco Dias.